Un despiadado país de las maravillas

¿Quién no recuerda las catastróficas imágenes del tsunami en la costa este de Japón, aquella marea devastadora que el 11 de marzo de 2011 hacía pensar en el fin del mundo? Según el gobierno japonés, murieron unas 18.000 personas; los sistemas tempranos de alarma funcionaron, y eso evitó que las víctimas fueran muchas más. Cuando Alejandro Chaskielberg llegó a Tokio un año después para presentar allí La Creciente, la fabulosa muestra de fotografías nocturnas que hizo en el Delta, supo que el curador que había montado la exhibición tenía familia en Otsuchi, una ciudad pesquera de la Prefectura de Iwate, una de las localidades castigadas más duramente: las sucesivas olas, que alcanzaron 18 metros de alto, acabaron con la vida del 10 por ciento de la población y destruyeron el 60 por ciento de las construcciones. “Le propuse a Ihiro viajar hasta allá, para ver si podía contar alguna historia”, dice Chaskielberg. “Y lo que vi al llegar fue una destrucción total. No había casas, porque el tsunami las había arrancado literalmente de las bases. En el piso quedaban marcados como los planos, las estructuras de concreto sobre las que después construyen para resistir sismos, pero no tsunamis. También había grandes montañas de escombros: eso fue el primer shock, toda esa destrucción material. Y la idea es que al llegar a esta muestra eso sea, también, lo primero que aparezca”.

Chaskielberg dice esto en la galería Gachi Prieto, barrio de Palermo, donde por estos días puede verse Otsuchi, Memorias del futuro, su segunda exposición individual en la Argentina. Apenas se entra hay un mural compuesto por nueve grandes fotografías de colores estridentes, planos cercanos a los materiales dislocados por el tsunami y luego amontonados, redes de pesca, canastos, bicicletas, perfilerías, boyas: señales de un cotidiano destrozado. “La gente volvía a los lugares en los que había estado su casa, donde algunos habían perdido a sus familiares, y esos lugares vacíos simbólicamente eran otra cosa, lugares de peregrinación cargados de historia”, dice Chaskielberg. “A eso lo observé en la previa al viaje, así que fui con la idea de empezar a fotografiar a las familias en lo que fueron sus casas, o a personas en sus sitios de trabajo. Esta imagen: pescadores en donde antes había galpones en los que se secaba pescado”. La fotografía que señala, reproducida en gran tamaño, muestra a una familia sentada entre boyas de pesca. Como en La creciente, se trata de tomas nocturnas, de varios minutos de duración, en las que los retratados permanecen quietos. Aunque esta serie realizada por Chaskielberg consta de una treintena de fotografías, en la muestra pueden verse solo cuatro. “Trabajé de noche porque lo que percibí, después del Delta, es que esos momentos de silencio, en los que uno hace la foto durante tantos minutos, generan situaciones de introspección”, dice. “Y me pareció interesante armar unos minutos como sagrados en estos lugares que para ellos también son sagrados. A pesar de que mi obra es bien colorida, por la tristeza de verlos ahí cargué película en blanco y negro y los fotografié originalmente así. Sin saber cómo iba a terminar el proceso”.

Cuenta Chaskielberg que en Otsuchi encontró un álbum de fotos tirado en un cajón, luego de varios meses a la intemperie. “Al abrirlo parecía, por una parte, un animal muerto, porque olía, estaba todo mojado”, dice. “Y por otro impresionaba como la paleta de un pintor, acuarelas, las imágenes completamente desfiguradas. Tenía burbujas de agua con colores, que se iban mezclando. Y al final del primer viaje me surgió la idea de empezar a recuperar esos colores, porque de algún modo el tsunami había generado una nueva impresión, desdibujando unas imágenes y creando colores nuevos. En el álbum se reconoce determinada información, dañada: un daño con la memoria, con la historia, un daño material. Así que fotografié este álbum, en un proceso digital simplifiqué los colores y luego los utilicé para colorear mis imágenes. En partes, porque todas conservan alguna parte que quedó en blanco y negro”.

 

¿Qué relación pudiste establecer con la gente, qué te impresionó de eso?

–La primera vez fui con mi hija, que tenía cuatro meses: no había niños, porque los que tenían hijos chicos se habían mudado a otras ciudades. Otsuchi es pequeña, tiene 15.000 habitantes, gente rural, y casi nadie habla inglés. Me ayudó ir con mi hija para entrar en contacto, porque literalmente me la sacaban de las manos para besarla: como si hubiera nacido un niño después de muchos años. Me quedé cinco días en la casa de los padres de Ihiro, sin hablar una palabra en común: nos entendíamos por gestos. Me conecté mucho con el lugar y con la gente: hice seis viajes. En cada viaje nos juntábamos con las autoridades, llevábamos algunas donaciones que íbamos juntando a partir de la escuela de fotografía de Ihiro. Yo di talleres gratuitos para la gente que venía de Tokio y también para gente de Otsuchi, y de ciudades cercanas. Los hijos de la gente mayor tuvieron que dejar de estudiar y volver, para ayudarles en la reconstrucción, y muchos se engancharon con los talleres, querían ser fotógrafos porque era una manera de recordar, para ellos.

 

En alguno de los viajes siguientes supo de un archivo en el que se organizaban las fotografías de los pobladores: un container en el que se habían reunido cien mil imágenes de gente de la ciudad, con la idea de recomponer lo que se pudiera. “Empecé a visitar ese lugar, con mis alumnos, y me llevó tiempo para que trabajara en la recuperación de otros colores, con la idea de poner más colores a las fotos que tomé. Y acá entra en juego la materialidad de la fotografía. Porque esto se da también en un momento histórico en el que la fotografía está pasando a lo digital. Y en este pueblo el archivo era analógico. Hoy se sacan fotos todo el tiempo, es muy intangible, sacamos y tal vez nunca más volvemos a ver esa imagen. Ya no imprimimos. Pero acá todavía el archivo era de papel, ¿no? Así que un poco la idea de la puesta de la galería era trabajar con algunas de esas fotos”.

Y es que en la muestra las fotos de Chaskielberg coexisten con catorce fotografías que provienen de ese archivo. Padres con chicos en brazos, grupos de escolares, un trío de lo que parecen adolescentes, cuatro amigas o hermanas alineadas, un conjunto de autobombas, un ave con las alas desplegadas. También hay una imagen de un grupo grande que proviene del álbum que encontró en su  primer viaje. En la pared que destinada a esta serie, Chaskielberg colgó además un enorme infinito de fotografía, un gran paño que va del piso al techo, con forma de rollo, en el que se reproduce una vieja foto borroneada: es un tramo cuesta abajo de una montaña rusa, el vértigo de los pasajeros sobre los carritos de diversión. “Esta obra se llama ‘La caída’, y es un poco la idea de que el tsunami se viene, pero también está hecho sobre un fondo creado para ser reproducido”, dice Chaskielberg.

Como había pasado con La creciente, su trabajo en Otsuchi tuvo un surtido de reconocimientos internacionales: el proyecto fue seleccionado por Martin Parr para los premios Magnum Photography de 2016 y la editorial española RM publicó el libro y le dio el Premio Iberoamericano de Fotolibros. A fines de ese año organizó una exhibición colectiva en Otsuchi: “Dimos talleres a estudiantes de dos secundarias y a fotógrafos de la zona, que iban a casas de abuelitas que estaban viviendo en casas temporales, las maquillaban, las pintaban, las fotografiaban en el exterior, algo muy japonés, muy lindo” cuenta. “Participaron 150 fotógrafos en la muestra, y también estaban mis fotos. Ihiro me decía que la sensación en la ciudad es que la tarea que les dimos fue ‘agarren las cámaras y vayan, fotografíen a su familia, lo que les gusta hacer, por dónde caminan, lo que les llame la atención’. Y entonces había niños sacando fotos de nuevo en la ciudad destruida. De alguna manera se cerró un círculo, con un nuevo cuerpo de obras de recorte de los que es Otsuchi hoy”. A la ciudad todavía le queda mucho por reconstruir: gran parte de su población sigue viviendo en casas temporales.

 

Hacía once años que Chaskielberg no hacía una muestra individual en Argentina. Y sin embargo en esta exhibición elige que buena parte del material no sea de su autoría. “Para mí es tan importante contar esta historia tanto a través de las fotos de ellos como de las fotos mías”, dice. “Por cuestiones materiales también hubo que hacer un recorte, pero quería darle a mis imágenes un temple más pausado: eso fue una decisión. Que un hubiera un caos”. ¿Qué recorrido observa entre La creciente y Otsuchi? “Me parece que es como una evolución, si se le pudiera poner esa palabra al arte”, dice. “En mi primer proyecto, que también ronda lo documental, lo que hice fue trastocar el tiempo y fotografiar a la gente reproduciendo las imágenes, escenas que yo veía durante el día. Acá fue diferente el gesto, primero porque hay un trastoque, también, de los colores. La idea es seguir indagando en este límite que me interesa, que tiene que ver con lo documental, con cómo narrar una historia. Es la primera vez que trabajé con imágenes de archivo, y aunque es un recurso que hoy en día, veo, se utiliza cada vez más, me gusta esta idea de crear obra a partir de eso. Creo que tiene que ver un poco con la sobresaturación de imágenes. Es interesante contar la historia pensando en la manera en que las personas de Otsuchi se han retratado, de la manera en que ellos han decidido contar su historia. En un punto me parece que acá soy fotógrafo y también curador de toda la historia, de cómo ir contándola”.

Memorias del futuro, plantea Chaskielberg. “En principio puede pensarse en una contradicción” dice. “En los talleres algunos de los alumnos empezaron a fotografiar porque habían perdido a sus padres y también todas las imágenes que había de sus padres. A partir de esos encuentros empecé a pensar cómo la fotografía se relaciona con nuestra memoria y cómo interactúa. Muchas veces vemos una imagen del pasado y es como una caja de Pandora, aparecen nuevos recuerdos, cosas que teníamos olvidadas. La fotografía nos ayuda a armar nuestra propia identidad. Cuando fui a Otsuchi me pregunté cómo a partir de un proyecto yo podía colaborar para que esa memoria dañada fuese recuperada, o sanada. El proyecto fue ese, de alguna manera: generar memorias para el futuro”.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/126882-un-despiadado-pais-de-las-maravillas

Autor: Angel Berlanga

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Richard Melendez Escrito por:

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